Por Alberto Medina Méndez

La complicidad de la apatía

Es importante reflexionar sobre donde está el poder real. Los ciudadanos se subestiman a si mismos y no toman conciencia de su real importancia. Cuando la gente toma la decisión y se sostiene en ella, puede cambiar el rumbo. Pero debe saber cual es su objetivo y avanzar en ese sentido.

Las tiranías, las autocracias, el despotismo, precisan de una importante dosis de perversidad por parte de sus ejecutores. También de una marcada ausencia de valores, un evidente menosprecio por la gente y un espíritu de superioridad siempre en el límite de la perdida de cordura.

Pero todos esos requisitos imprescindibles, no son suficientes para que la concentración del poder se concrete de modo despiadado cotidianamente. Se necesitad, además de todo ello, un ingrediente vital. Es que sin la pasividad ciudadana, nada de eso sería posible.

Lo consiguen y avanzan, y van por más y hasta por todo, porque responden a las más elementales leyes físicas. Es simple, siguen dando pasos, porque no encuentran resistencia, nada que les haga fuerza en el sentido opuesto.

Mucha gente hace una interpretación equivocada del sistema democrático y supone que son los opositores quienes deben contrarrestar esa potencia que imponen los que gobiernan. Y si bien esta claro que quienes tienen la responsabilidad política de ponerle freno a los atropellos, no están a la altura de las circunstancias, no menos cierto es que el poder radica en la sociedad y no en quienes ella delega circunstancialmente.

Si no se quieren más atropellos, pues el remedio es reaccionar. Pero si algo han desarrollado los políticos contemporáneos es un conocimiento bastante profundo de la sociología de este tiempo. Saben que el ciudadano medio se queja, no está conforme, que conoce la presencia de corrupción, o al menos que la intuye con alto grado de certeza.

También el poder saber que a los ciudadanos muchas cuestiones le disgustan y le resultan absolutamente indigeribles, pero también sabe que, para la mayoría, todo eso no alcanza para abandonar la comodidad.

El resultado está a la vista. Una constante pérdida de libertades, el absoluto desprecio por las instituciones y el abandono por los valores republicanos, mas esa creciente corrupción que no se detiene.

Ellos, los que ejercen el poder a diario, lo saben. No desconocen la inmoralidad de su accionar. Solo se justifican de mil formas, para dar paso a sus más básicas necesidades de concentración de poder, de acumulación de recursos que obtienen al estafar a los contribuyentes y de consolidar ese régimen que les brinde impunidad para seguir haciendo lo que se les plazca.

Tienen herramientas suficientes, dinero a montones, para seguir comprando voluntades en todos los estratos sociales, desde empresarios hasta los más necesitados, justicia incluida, y hasta en los ámbitos marginales, todo vale para sostener su andamiaje. Y claramente, esa dinámica les da más poder.

Pero hay algo que no se puede comprar tan fácilmente, al menos no siempre. Y tiene que ver con la voluntad ciudadana, esa que aun sigue durmiendo una larga siesta, y que despierta de a ratos, solo en momentos de mucha indignación. Y hay que decirlo, solo se despabila en determinadas circunstancias, esas que considera límites, y siempre por muy poco tiempo.

El principal aliado de estos sistemas de poder, es la abulia de la sociedad, la apatía crónica de una comunidad que se acostumbró a convivir con corruptos, déspotas y soberbios dirigentes que se creen dueños del poder y no meros administradores de la cosa pública.

La sociedad tiene en realidad, el poder de cambiar las cosas, de decir basta, de poner sus propias reglas de juego, para que los corruptos de hoy no sean luego sucedidos por los corruptos de mañana.

Es la gente, la que puede decir “hasta aquí” y poner freno a la arrogancia desenfrenada, al abuso de autoridad, al manejo discrecional de los recursos de todos con la que los gobernantes distribuyen como si fuera dinero propio, mostrándose cada vez con menos vergüenza y haciendo gala de ese poder que las mayorías circunstanciales le delegan y que ellos usan para provecho propio sin desparpajos.

Los ciudadanos tienen la llave en sus manos. Son los que pueden, y deben, cambiar el rumbo de los acontecimientos. Aun cuando parezca difícil o se plantee como una batalla larga y dispar, se debe hacer el intento.

Ellos, especulan con que la gente no tendrá la voluntad suficiente, apelan a la ausencia de ganas, y saben que solo precisan transmitir la idea de que es imposible torcer el rumbo, empujando a los que quieren cambiar las cosas a la trampa de buscar políticos opositores para que algo se modifique.

Saben que eso es mentira, por eso insisten en esa visión. Apuestan a seguir ganando con su sistema inmoral de alquiler de almas, y perciben que no existe ningún contrincante de peso que pueda darles pelea con chances concretas de alterar el ritmo del presente.

Pero aun en la disparatada hipótesis de que consigan torcerle el brazo a los poderosos de hoy y sean eventualmente derrotados, saben que siempre será más fácil negociar con sus pares, con los “colegas” de la corporación política y simular cambios para que todo siga igual, que enfrentarse a una sociedad dispuesta a mandarlos a sus casas, o a la cárcel por sus abusos constantes.

Para que un régimen avance, y no encuentre limite, se precisa mucha maldad del lado de los déspotas, pero también resulta imprescindible el ingrediente de una sociedad amodorrada, sin voluntad, abúlica, que solo se queja, sin llevar a los hechos su justificado enojo e indignación.

Los poderosos, mientras tanto, seguirán jugando su juego. Lo disfrutan, solo piensan en su próximo atropello y en cómo continuar acumulando riquezas obtenidas fraudulentamente para poder para continuar con sus atropellos. Pero nada de eso sería posible sin ciudadanos que aporten la complicidad de la apatía.

- Alberto Medina Méndez -


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