Por Alberto Medina Méndez

Altanería militante.

La verdad es que esta dualidad que parece ser moneda corriente entre los líderes de diferentes naciones es un tema que satura.

Algunos líderes se han convencido de su propio éxito, a tal punto de creer que han encontrado la fórmula mágica, la prescripción perfecta, el secreto tan anhelado, para conducir los destinos sus naciones.

Es tal la perdida de humildad de esos personajes, que no solo se elogian a sí mismos a diario, sino que se sienten tan inteligentes, tan superiores, que no aceptan bajo ningún punto de vista que alguien intente una discrepancia respecto de sus creencias. Toman sus visiones como las únicas posibles y no comprenden la posibilidad de un pensamiento divergente.

Obviamente, los rodean como siempre aduladores profesionales, fanáticos sin criterio propio, audaces oportunistas y gente que no solo aplaude sus acciones cotidianas sino que descubre en el líder atributos que ni siquiera él se habría reconocido.

Pero su arrogancia llega mucho más lejos aún, porque no solo se ufana de sus supuestos triunfos, sino que además cree férreamente en la originalidad de sus recetas, entiende que ha descubierto algo que no tiene antecedentes y que su acción de gobierno es fundacional, inédita, singular, y que por tanto quedará en la historia, en el bronce, por sus logros.

No admite bajo ningún punto de vista la posibilidad del error, mucho menos aceptará la crítica y buscará permanentemente cualquier mecanismo para dejar fuera de la cancha a sus detractores, aunque jamás reconocerá en público, su evidente nivel de intolerancia democrática, pese a recitar lo opuesto, declarándose defensor de la libertad de expresión y la pluralidad.

Lo paradójico es que los ciudadanos de su patria, reniegan de cualquier extranjero que se anime o tenga la osadía de opinar sobre su país, sus acontecimientos políticos o sus decisiones económicas. Cualquier foráneo que se atreva a dar su parecer sobre su patria, mucho más aun sobre sus políticas implementadas, es rechazado por el solo hecho de no haber nacido o, al menos habitado el suelo local.

Esa especie particular de xenofobia que forma parte del folklore doméstico, se transforma rápidamente en bronca, en odio y resentimiento, y alcanza diferentes niveles de vehemencia según la nacionalidad del eventual interlocutor. Los hermanos del continente y fundamentalmente de países vecinos serán menos cuestionados, pero aquellos de otras latitudes, con idiomas diferentes y culturas e idiosincrasias distintas, no tendrán siquiera cabida a la hora de dar su perspectiva y serán rechazados de plano.

Ni hablar del caso en el que esas opiniones provengan de instituciones políticas de otros países, gobiernos u organizaciones supranacionales. Esos comentarios, o sugerencias se tomarán como una pretendida orden imperial, o como la impertinente intromisión en asuntos de estado, o propios de la soberanía local, que ningún país debiera vulnerar.

Ahora, lo extraño de esta pretendida teoría pseudo nacionalista, es que cuando el líder local de turno tiene la oportunidad de disponer de una trinchera pública, de un ámbito mediático, o de un auditorio internacional, o institucional fuera de su país, parece en ese caso estar mágicamente habilitado para ocuparse de otras naciones y sus conductores.

No solo lo hace, sino que se anima a hacer recomendaciones con una arrogancia poco comparable con los jefes de Estado a los que suele criticar por lo que describe como idénticas acciones.

La explicación es simple. Considera que su figura no es comparable con ninguna, se ve a sí mismo como especial, inteligente y original, por lo tanto el sí se siente debidamente autorizado moralmente para hacer y decir lo que le plazca, sin el riesgo de ser juzgado de igual modo por los que reciben su discurso.

Cuando habla un extranjero interfiere en asuntos de otras naciones, pero cuando lo hace el líder de cabotaje, no hay problema alguno, es como que tiene argumentos para “entrometerse” sin ningún desparpajo.

Y un componente adicional son las circunstancias propias y ajenas. Dar consejos desde la cómoda posición que otorga el viento a favor es al menos poco objetivo, sino hipócrita. Darle recomendaciones a quien tiene viento en contra desde la vereda opuesta es un despropósito, y alguien debería tener al menos el decoro, la mesura, la prudencia de llamarse a silencio.

Cuando la coyuntura establece un escenario positivo, sobre el que no tenemos influencia pero que nos permite un despliegue más holgado, el sentido común, pero por sobre toda las cosas, la grandeza espiritual y humana debería aportar la cuota de recato que la situación amerita.

Y que quede claro que no hablamos de alguien, sino de muchos. No se trata de un personaje en particular, sino de varios y de una actitud reiterada en la historia. Cada nación, cada comunidad, cada ciudadano y sus dirigentes por ende, deben lidiar con sus propios problemas.

El arsenal de ideas, de herramientas y hasta de creencias que aplicarán para intentarlo depende de muchos factores, y hay que saber respetar esa singularidad, teniendo la cordura y la madurez para darse el lugar que corresponde y no otro.

Lo que hace grandes a los hombres, célebres a los dirigentes, estadistas y no mediocres a los conductores, son sus cualidades y atributos personales, y no sus defectos y bajezas humanas. Para que quede claro, no está en la lista de las virtudes esta permanente altanería militante.


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