Por Alberto Medina Méndez

Administrar el corto plazo.

Esto es solo una descripción de cómo funciona la política contemporánea. Es importante entenderla, saber sus mecanismos, comprender su dinámica. Sin esa cuestión tan básica es difícil intentar modificar el rumbo de lo que no nos satisface.

La política, desde hace bastante tiempo, propone una lógica algo perversa. Sus necesidades electorales, excesiva prioridad por el acceso al poder y su esfuerzo por perpetuarse la ha llevado a poner la mira a lo inmediato.

Es que, bajo esa perspectiva, lo único que sirve es ganar la próxima elección. No importa si la que siguiente es la oportunidad para lograr un puesto ejecutivo superior, o la renovación del cargo actual o simplemente una renovación parcial legislativa, o solo un cambio de personajes, pero del mismo sector político que garantice continuidad, cuando no impunidad.

Lo cierto, es que prevalece el corto plazo, importa la coyuntura, lo que viene, lo que impacta pronto y no más que eso.

Esa matriz altera de modo considerable las decisiones de la política. Porque en ese esquema, solo interesa tomar determinaciones que no impacten negativamente en el siguiente turno electoral, aunque las consecuencias posteriores, de mediano plazo sean negativas o tremendamente riesgosas.

En la vida personal, los individuos no funcionamos de igual modo. Importan obviamente las decisiones de corto plazo, lo que nos conviene en el ya, en el ahora, pero una parte de nuestras preocupaciones también están orientadas a un tiempo más prolongado.

Proyectar una familia, estudiar y capacitarnos, cuidar la salud, una inversión económica relevante, no tienen que ver con decisiones para el hoy, sino que significan una considerable apuesta por el porvenir.

Sin embargo, cada vez con más frecuencia, los gobernantes dejaron de tomar esa perspectiva de futuro como algo valioso. Esa es la razón por la que poco importan las “ políticas de estado “, ni se encaran asuntos cuya eventual solución no rendirá sus frutos en el periodo político actual.

Por eso, pocos se ocupan de la educación o la inseguridad. Son temas complejos, multicausales, cuyo abordaje supone demasiado esfuerzo y escasa chance de resolverlo o al menos poder mostrar algún cambio que pueda servir para aprovecharlo con fines electorales, como un progreso.

Eso también explica porque a los líderes de hoy, no les interesa pasar a la historia ni quedar en el bronce. Solo pretenden perdurar, garantizarse cierto reconocimiento presente y no de las generaciones futuras. Es la era del corto plazo, el reino de la inmediatez. Todo se resuelve solo si tiene algún impacto ahora.

Pero esta modalidad decisoria tiene otras secuelas que no se hacen esperar. En la medida que el gobernante obtiene éxitos electorales y su etapa política se extiende, sus decisiones de corto plazo empiezan a convertirse en una fuente inagotable de problemas que el mismo ha generado.

Su pasión por el corto plazo, se convierte así en una fábrica de problemas que por no ser resueltos adecuadamente en su tiempo, por esconder la basura bajo la alfombra, reaparecen para castigar a su autor intelectual con más vehemencia que cuando el asunto daba sus primeros pasos.

En este juego, cruel y pérfido, la intromisión estatal pasa a ser el protagonista excluyente de esta historia.

Cuando el gobernante se encuentra con el problema, en vez de resolverlo, buscando sus causas y atacándolas como corresponde, elige el camino de los artilugios que le ofrece el arsenal intervencionista.

Es que bajo el paraguas de las “políticas activas”, de ese Estado presente, que participa con la intención de corregir desvíos y bregar por el bien común, el gobernante opta por ignorar el problema, enfocándose en las consecuencias, en mitigar los síntomas, y no en solucionar las causas.

En el corto plazo, consigue el impacto deseado, los síntomas desaparecen o quedan minimizados, los efectos se amortiguan, y el problema “parece” resuelto. Pero se trata solo de una fantasía.

Han enmascarado el cuadro con una medicación paliativa, que posterga la aparición del cuadro principal, que simula una mejora que solo será momentánea. El problema sigue allí, subyace, convive con nosotros, solo fue pospuesto para una nueva ocasión.

El político sabe que si su periodo de fortuna electoral culmina, será asunto del que venga después, y si eventualmente el electorado le renueva la confianza, supone que ya encontrará un mecanismo parecido al anterior, de postergación, que le permitirá seguir pateando el asunto hacia el infinito.

En todo caso, ya encontrará a quien responsabilizar. Siempre tendrá a mano enemigos ficticios a quienes culpar de la cuestión.

Es tiempo de revisar nuestro sistema de premios y castigos. Ciertos pseudo defensores de la política y la democracia, que más bien la utilizan para sus propios intereses, se han ocupado de deformar esta herramienta de la sociedad civilizada.

A la luz de los acontecimientos, habrá que reconocer que los pensadores que creían en la necesidad de un solo periodo gubernamental sin posibilidad de reelección alguna, tenían bastante razón cuando afirmaban, que la alternativa de la renovación y la eventual eternización, generaba un ataque a los principios republicanos elementales.

En tiempos en que la política se concibe universalmente de este modo, resulta esperable que los que gobiernan sigan con su lógica, alimenten y estimulen lo que en definitiva les funciona y los nutre de poder, aunque claramente no beneficie a la sociedad, para poner todas sus energías exclusivamente en administrar el corto plazo.

- Alberto Medina Méndez -




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