Por Alberto Medina Méndez

Impuestos, la argucia que se afianza

En tiempos en los que en nuestro país y en tantos otros se avanza despiadadamente, sobre este tema, sin entender el negativo impacto que generan los impuestos en la vida cotidiana, tal vez valga la pena discutir esta mirada que aporto en el artículo.

Cierta forma de ver las cosas se ha incorporado a la forma de pensar de muchos con excesiva naturalidad. De tanto escucharlo, y hasta de repetirlo, se aceptan demasiadas falacias, como verdades que no admiten discusión.

Literalmente la palabra “impuesto” significa obligado, exigido, forzoso. Es excesivamente claro. Es algo que ocurre contra toda voluntad, que se impone y que se concreta cuando el que cobra ( el Estado ) hace uso de la fuerza de la ley para conseguirlo.

Vaya concepto de armonía social, consenso y acuerdo cívico. Sin embargo su aceptación como obligación ciudadana, en el discurso cotidiano de los más, es “demasiado” habitual.

Cabe recordar que el impuesto, en un sentido práctico, es esa parte del fruto del esfuerzo individual, del sacrificio personal, que el Estado detrae coercitivamente, haciendo uso del monopolio de la fuerza que detenta.

El discurso político que endiosa al impuesto, que lo coloca como algo bueno, positivo, moralmente correcto, se ha instalado definitivamente. Nadie se detiene mucho en señalar que en realidad, los instigadores de esta visión, son los mismos que finalmente amparados en su alegato ideológico, se aprovechan convenientemente de esos recursos económicos.

La política, los burócratas y el socialismo como ideología madre, se ocupan de fortalecer esta mirada. Es la que les permite darle cierta legitimidad al saqueo, revestirla de un manto de piedad a lo que claramente es el método más habitual para esquilmar a los más, para quitarle a cada individuo el resultado de su talento, el fruto de su habilidad, para finalmente manejar fondos de modo discrecional, sin consulta previa.

Tanto han trabajado esta forma de percibir la realidad, que han conseguido que mucha gente repita con absoluta convicción, aquello de que un buen ciudadano “debe” pagar sus impuestos.

La lógica planteada es tan perversa que instala la idea de que el saqueado debe avalar el atraco por una cuestión de orden moral, es decir debe producir, trabajar para todos, aceptar ser esquilmado y luego aplaudir a quienes lo saquean por aquello del altruismo y la solidaridad. Claramente al límite del ridículo.

Nunca más apropiada aquella archiconocida comparación que dice que cuando el que te roba lo que has generado con tanto esfuerzo es un particular a eso le llaman robo, y que cuando el que te quita lo tuyo es el Estado, solo le cabe el nombre de “impuesto”.

Queda claro que, para quienes creen que el Estado es una necesidad de este tiempo, este debe brindar seguridad, justicia y ocuparse de las relaciones internacionales. Inclusive para los mas también debe hacer lo propio con la educación y la salud, por solo citar algunas de las cuestiones que el estado del bienestar moderno contempla- Todo eso hay que financiarlo de algún modo.

En ese esquema, por detestable que sea, parece que no se disponen de más alternativas que aceptar mansamente la existencia de impuestos que permitan sostener esas supuestas tareas que despliega la utopía estatal.

Pero aun asumiendo, a regañadientes, que esta tendencia resulta inevitable, pues entonces habría que decidir qué tipo de impuestos se deben implementar y cual su nivel de razonabilidad, lo que constituye una discusión difícil y un arte complejo de articular con alguna inteligencia.

La prudencia debería orientar a establecer “pocos” impuestos, de la menor cuantía posible y cuyo impacto sea mínimamente distorsivo, sin dejar de entender previamente que no existe tal cosa como un impuesto sin consecuencias indeseadas.

Un debate casi interminable se ha instalado respecto de que resulta mejor si fijar impuestos al consumo, a las ventas, a la rentabilidad, a la tierra, a la riqueza, a la propiedad o a esa lista ingeniosamente interminable de criterios que siempre parece reproducirse.

Es que la creatividad de los que esquilman a todos, es realmente inagotable. Cabe decir que, en realidad, no precisan considerar estos parámetros, sino todos ellos y al mismo tiempo, además de que siempre terminarán priorizando simplemente aquellos que resultan más fáciles de recaudar y más complicado eludir para los saqueados.

A los recaudadores solo les interesa disponer de recursos para sus aventuras políticas y sus fantasías de ayudar a la sociedad con dinero ajeno, esas que les permiten alimentar sus ensayos electorales y ambiciones personales.

El creciente gasto público, esa tendencia mundial por la cual los Estados intentan gastar más de lo que disponen, los ha llevado a recorrer con mucha inventiva, aunque sin tratarse de algo novedoso, este nuevo capítulo de los impuestos al trabajo.

Pero se han metido en un verdadero brete, sus discursos políticamente correctos empiezan a entrar en contradicción. Su retorica sobre la “clase” trabajadora y los impuestos como obligación ciudadana se contraponen y entran en franca colisión.

Son prisioneros de sus falsas ideas. Sus mentiras finalmente los ponen en un dilema. Gastan irresponsablemente los dineros ajenos. Nos endeudan, emiten dinero exponiéndonos a la perversa inflación que lastima con más dureza a los que ellos dicen defender y ahora, a su interminable batería de impuestos, tributos y tasas, se agrega la profundización del impuesto al trabajo.

No tienen principios, ni escrúpulos, tampoco son coherentes. La evidencia dice que no han necesitado esa consistencia, al menos hasta aquí. Cuando se trata de generar “caja” para ellos todo vale. Las justificaciones se acomodan, las ideologías se ajustan y los argumentos se inventan.

Lo importante es que la fiesta siga, a cualquier precio. Nunca faltan ciudadanos funcionales a esta estrategia. Lamentablemente vivimos tiempos en los que las falacias están a la orden del día. Esta vez sería, los impuestos, la argucia que se afianza.

- Alberto Medina Méndez -


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