Por Alberto Medina Méndez

El agobio del daño colateral

A veces el debate intelectual omite causas, y discute solo efectos, consecuencias, temas que no explican lo que pasa. A mi juicio esto es lo que pasa con los impuestos, la inflación y el endeudamiento. Intentamos racionalizar la discusión, pero en realidad seguimos sin entender el fondo de la cuestión.

Cuando se consulta a los ciudadanos sobre sus mayores preocupaciones de la vida en sociedad, aparecen en la agenda de asuntos que los agobian, temas tales como la inflación, la presión impositiva y el endeudamiento.

Los analistas políticos, los economistas y los sociólogos intentan encontrar explicaciones, hacen conjeturas y elucubran múltiples teorías. Las más de las veces, esas cuestiones, culminan en interesantes informes, profundos estudios e investigaciones científicas que deben tenerse en cuenta.

Pero esos fenómenos, terribles por cierto, no son más que el daño colateral, la consecuencia no deseada, de un hecho cotidiano que tiene, en realidad, otra explicación bien diferente.

Los gobiernos no emiten moneda por desconocimiento de sus efectos. Saben que genera el más perverso de los impuestos, la inflación. Sin dudas, se trata de la más cruel de las medidas, esa que hace pagar a los más pobres la irresponsabilidad gubernamental, generando transferencia de recursos desde los sectores más débiles a los que más chances tienen de reacomodar su ecuación económica.

La presión impositiva también es siempre motivo de queja cívica. Los ciudadanos lo sufren a diario. La actitud estatal de aumentar impuestos es casi una rutina, que los gobiernos ejercen de tanto en tanto con cada vez más novedosas herramientas y con una creatividad realmente insuperable.

El endeudamiento, esta posibilidad a la que los gobernantes apelan con alguna frecuencia para emitir deuda propia o solicitando a terceros que les faciliten financiamiento, siempre es parte del arsenal estatal.

Pero ninguna de estas alternativas es implementada por los gobiernos con agrado y satisfacción. Quienes toman la decisión de emitir, endeudarse o aumentar impuestos, saben que genera problemas, que pueden ser medidas impopulares, y que inclusive, en algunos casos, como la inflación y la presión impositiva. ese malestar puede verse reflejado en ciertos impactos políticos negativos, de relativa trascendencia electoral.

En fin la política, los gobiernos, saben lo que hacen, conocen el resultado negativo de sus determinaciones, no se trata de ignorancia o subestimación de efectos. Ni siquiera desean esos impactos sobre la sociedad.

Lo cierto, es que existe una explicación para todos estos desatinos. No es ni casualidad, ni un mero error de cálculo, una acción improvisada o una imprudencia producto de la desinformación, la ignorancia o la desidia.

Es una decisión racional de los gobiernos y los gobernantes, que asumen los aspectos negativos y los tiene en cuenta al detalle. Pero sus argumentos y justificación son superiores, aunque inmorales.

Los gobiernos apelan siempre a estas herramientas, emitiendo moneda, endeudándose y recurriendo al incremento de los impuestos y la generación de nuevos tributos, porque necesitan recursos para hacer política.

El problema central es el GASTO ESTATAL. Los gobiernos precisan cada vez más dinero, que no solo usan en lo que se espera que hagan, sino en un sin número de aspectos que son sinónimo de derroche.

La corrupción, la burocracia, la ineficiencia, el costo de la política mal entendida, el desvío de fondos para acciones partidarias, todo eso forma parte del menú de posibilidades donde se aplican recursos que han sido previamente detraídos del sector privado, de los ciudadanos, de lo que cada uno de los que trabaja genera con su esfuerzo y sacrificio personal.

Más allá de la imprescindible discusión, que sigue pendiente por cierto, respecto de cuáles son las funciones esenciales del Estado, los gobernantes gastan mucho y mal, dilapidan recursos, malgastan dinero en cuestiones sin sentido alguno y pierden demasiado en el proceso.

Cuando los ciudadanos se quejan de los impuestos, la inflación y el endeudamiento, no deben caer en la ingenuidad de creer que a los gobiernos les preocupa esta cuestión.

No les inquieta para nada, porque sin ellos, sin emitir, establecer tributos y endeudarse, no podrían hacer política. No son buenos administradores, se manejan con criterios de abundancia y esta dinámica es lo que les permite hacer asistencialismo, cuando no clientelismo.

Si les preocupara el tema, realmente consumirían mucho menos, harían más eficiente el gasto, ahorrarían evitando que se diluyan los fondos, denunciarían la corrupción y combatirían la burocracia.

Eso no sucede, porque no les interesa. Lo que precisan es recaudar dinero, juntar recursos, para repartirlo y redistribuirlo. Esa es su especialidad, utilizar lo ajeno y decidir a quién dárselo con absoluta discrecionalidad.

Lo extraño es que los ciudadanos sigan mirando las consecuencias, observándolas, analizándolas, sin concentrarse en lo central, en las causas. Enojarse con la inflación, con la excesiva carga tributaria y con los niveles de endeudamiento es no comprender la naturaleza del problema.

Discutir con los gobiernos sobre esta cuestión es no entender cómo funciona el régimen. Ellos necesitan emitir, endeudarse y aumentar impuestos, como el aire. Sin ellos, no pueden respirar. El problema sigue siendo el GASTO ESTATAL cada vez más elevado y sin justificación.

Cada vez que necesitan más fondos, los gobiernos piensan a cuál de estos mecanismos recurrir. En sus agendas no está hacer más eficiente el uso de recursos, eliminar la corrupción o simplemente ser más austeros y ahorrar.

Siempre necesitan más y la sociedad asume que eso es cierto con excesiva naturalidad, sin exigirle que hagan lo correcto, lo razonable, lo que cualquier ciudadano haría en su economía familiar.

A no equivocarse. En todo los casos pesa, abruma, pero la queja debe ser sobre el tema de fondo. Lo que se siente a diario es solo el agobio del daño colateral.

- Alberto Medina Méndez -


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