Por Alberto Medina Méndez

Deslumbrados con la mediocridad.

El paisaje descripto es demasiado habitual. Y resulta difícil de entender a veces. Pero vale la pena describirlo, ponerlo en el tapete, para apelar a la cuota de vergüenza que le pueda quedar a alguno de ellos.

Dicen que el poder genera cierta atracción, y la verdad es que ciertos hechos los confirman. Se puede entender que determinado tipo de personas tengan cierta afinidad con aquellos que detentan el poder a diario. Quedan encandilados por lo que el poderoso de turno puede hacer y por como maneja su discrecionalidad y decide por otros, sobre sus riquezas o futuro.

Es comprensible que aquellos que jamás estuvieron cerca del poder, de pronto, se vean impresionados por la ampulosidad, el despliegue pomposo y cierto glamour que el gobernante tiene al rodearse de personajes públicos, famosos que provienen de diversas disciplinas, o simplemente funcionarios de otras latitudes que intercambian acciones protocolares con el protagonista ocasional.

Es demasiado frecuente que el roce social que el gobernante ostenta, resulte seductor para ciertos círculos que rara vez accede al mismo.

Lo que llama especialmente la atención es como gente preparada, con abundante formación académica, que puede exhibir títulos y especializaciones puede admirar a tanto político mediocre.

Se ve también idéntico fenómeno en personas que pueden enorgullecerse de éxitos importantes en su disciplina elegida, el arte, el deporte, el mundo de las empresas, inclusive habiendo accedido a significativas fortunas económicas y teniendo poco que envidiar al poderoso de su tiempo.

Se puede comprender que esto suceda cuando del otro lado estamos frente a una mente brillante, a un estadista, a un habilidoso de la política, un orador destacado, un profundo lector, o un intelectual de la partidocracia.

Lo difícil de entender es como personas exitosas en lo suyo pueden someterse, ofreciendo adulación, pleitesía y claudicación permanente a sus ideas frente a tanto personaje gris, a los que han hecho de la picardía una profesión reemplazando su ausencia de inteligencia, solo con ciertas inescrupulosas acciones que le permitieron manotear la caja de otro, apropiarse de los recursos de la sociedad, y alcanzar al poder, gracias a sus escasos principios morales.

Inclusive se puede comprender cierta admiración por la inteligencia, la cultura, y hasta la habilidad para comprender a una sociedad, pero es difícil de entender como gente con valores, puede prestarse a este patético juego.

No llama la atención que los prebendarios de siempre lo hagan, esos que les fascina que los llamen empresarios, cuando en realidad saben que solo son buenos para intercambiar favores por dinero y buscar privilegios secuencialmente. Ellos no apelarán a sus talentos para competir con otros.

Tampoco resulta extraño que ciertos personajes, que dicen disponer de una amplia formación cultural, aprecio por las artes y refinado gusto, terminen adulando al poderoso, solo porque de tanto en tanto este último los invita a banquetes oficiales, a transitar las alfombras rojas del protocolo oficial, o inclusive lo contrata abonándole fortunas por su sola presencia farandulera.

Algunas de esas celebridades, solo se arrastran, se trata de gente que repta por los pasillos estatales sin dignidad, que suelen ver al poder como un vehículo para reunir dinero y disponer de una acumulación económica que detestan en público pero que disfrutan a sus anchas en privado.

Ese sector de la sociedad, no tiene principios. Muchos de ellos están siempre cerca del poder, y cuando el que está ahora caiga en desgracia, verán como acomodarse con el siguiente.

Lo que es inadmisible, es que gente inteligente, con formación, que puede mostrar éxitos genuinos en su campo de acción, haya caído en la misma trampa, y termine mezclado con los de siempre, compartiendo escenario y vereda con gente sin estatura moral.

Hay que intentar levantar la cabeza, no se puede ser sumiso ni servil. El poder, a veces, merece cierto respeto, pero no siempre, y algunas otras, solo desprecio, o al menos hacer el intento de no terminar claudicando como otros, solo por el temor al amedrentamiento oficial.

Cuando queremos enseñar valores a nuestros hijos y pensamos que ellos deben tener un mundo mejor, no alcanza solo con recitarlo, es preciso demostrarlo con hechos, actitudes concretas y no con abstracciones.

Ciertos renunciamientos a veces tienen sabor amargo, pero es la única forma efectiva conocida de no brindar ambiguos discursos, por aquello de que algunos gestos valen más que mil palabras.

La próxima vez que estemos en contacto con los que mandan, animémonos a preguntarnos a nosotros mismos, si estamos haciendo lo adecuado, si estamos siendo consecuentes entre nuestro discurso y nuestra acción. Tal vez algunos estén transitando el camino de la adulación a la persona incorrecta.

Los grandes, los estadistas, los que gobiernan para el futuro no necesitan de alcahuetes, solo precisan algo de respeto, de ese que se gana y no se pide, tal vez un critica genuina en el momento exacto, y una dosis de confianza y paciencia para que logren concretar sus ideas.

Los otros, los que necesitan del halago y de gente que les aplauda todos los días, son solo mediocres, gente repleta de complejos de inferioridad, que no merece demasiada consideración y que sus propias inseguridades le hacen precisar de una obsecuencia lineal, que solo ofrecen los que también son parecidos y terminan formando parte de los deslumbrados con la mediocridad.

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