Por Alberto Medina Méndez

Sagacidad Indecente.

En el medio de tanto debate estéril, de un exacerbado sentimiento nacionalista y de tanto dislate, mentiras y perversa estafa intelectual, me pareció interesante analizar los hechos desde este lugar diferente, con argumentos adicionales.

El reciente intento expropiador de YPF por parte de Argentina, es un nuevo capítulo de una vieja novela. Sabido es que los gobiernos parecen especializarse en esto de saquear a quienes disponen de recursos. Nada nuevo bajo el sol, solo renovadas formas, de perpetrar su enfermiza predilección por lo ajeno.

Esta epidémica actitud, contagiosa por cierto, se combina con una virulenta disposición para modificar las reglas de juego a su paso, haciendo gala de una impunidad a prueba de todo, de una vocación autoritaria que no teme alterar ningún criterio, para ganar siempre, del modo que sea, sin principios ni valores, con el solo objetivo de conseguir el botín del momento.

Después de todo, el Estado ha hecho una gimnasia permanente de esto de quedarse con lo que otros producen, con el esfuerzo y los méritos de los demás. Poco podemos sorprendernos frente a ello.

Lo paradigmático de este fenómeno, es el espectacular mecanismo que hace que los ciudadanos de a pie, esos que son esquilmados a diario por el mismo Estado, se presten tan servilmente a una estrategia que va por más.

Sobre todo porque quienes lo recitan, esos que habitan el mismo espacio, apoyan dócilmente medidas ridículas, de expropiación, confiscación y robo institucional, solo porque se trata de las posesiones de otros.

Si el propósito de la expropiación fueran sus propias pertenencias, seguramente sus opiniones se modificarían rápidamente y considerarían que estamos frente a un acto de vandalismo inaceptable.

Pero claro se trata de la actividad de otro, de los bienes de personas distintas, y los aplausos se multiplican mucho más, cuando el blanco del pillaje son individuos o empresas extranjeras.

La xenofobia más básica brota con furor para hacer de las suyas. Un sentimiento abominable, además de inconstitucional, pero fundamentalmente despreciable e inmoral se suma a esta andanada de actitudes hostiles contra los que disponen de bienes.

No puede llamar mucho la atención. Los gobiernos conocen estas pasiones nacionalistas y apelan a un patrioterismo tan elemental, y a una renovada y perversa utilización semántica, que les permite arrear voluntades con solo agitar banderas nacionales y movilizar lo peor de las personas.

Despiertan ese costado que desprecia a los demás solo porque nacieron en otro lugar, olvidando muchas veces sus propias raíces e ignorando que muchos de ellos provienen de otras culturas, con antecesores que vinieron desde otras naciones a su país, para dar lo mejor de sí mismos.

Ya sabemos que esto de la soberanía no es más que un apelativo sensiblero para emocionar a incautos, que siguen creyendo que se recuperaron recursos que nunca dejaron de ser del Estado. En un país plagado de normativas estatistas, el sector público conserva su propiedad y solo concesiona su explotación.

Seguir insistiendo con argumentos que nos hablan de inversiones que no vendrán, con la inseguridad jurídica o los efectos de corto plazo, es como conceder a la idea de que el saqueo puede ser justificado de algún modo.

No es necesario explicar acerca del daño que estas decisiones producen. Aun si no las generaran seguiría siendo una medida cuasi delictual.

NUNCA quedarse con la propiedad de otro, puede tener un costado aceptable. Mucho menos con los falaces argumentos desplegados por esta caterva de oportunistas, que cambian de visión según para donde sopla el viento de sus necesidades pecuniarias más mundanas, haciendo alarde de una absoluta falta de escrúpulos, que tampoco asombra.

No es menos cierto por ello, que muchas de las empresas sujetas a esta modalidad expropiatoria, conocen en detalle el esquema vigente. Ellos ingresaron al negocio, bajo oscuras modalidades, con escasa transparencia, y con favores que estos mismos interlocutores le hicieron tantas veces para ampliar sus fronteras económicas.

Lejos están algunas de estas rentables actividades de ser el paradigma del mercado, la competencia y el triunfo de los más eficientes. Muchos de ellos son especialistas en obtener prebendas y privilegios estatales, donde sea, y esto que ocurrió, está en sus agendas pese a su sobreactuado desconcierto.

Lo de ellos pasa hoy simplemente por negociar bien la compensación que reclaman por esta expropiación, no más que eso. Invertir en países hostiles al capital como los nuestros, supone justamente arriesgarse a las consecuencias repentinas de estas predecibles aventuras populistas.

Pero eso tampoco justifica apropiarse de sus bienes. Una inmoralidad nunca se justifica con otra.

Claramente somos una sociedad hipócrita, que abusa de sus contradicciones, que milita en esto del insostenible y escandaloso doble estándar que justifica expropiaciones a extranjeros en su país, pero que rechazaría de plano cualquier intento similar de una nación foránea.

Esta típica ambigüedad ideológica que detentamos tan ostensiblemente, es la que muestra que nos enojamos con los que vienen a invertir y pretenden obtener lucro para llevarse las utilidades a su país de origen. La contracara es que raramente nos sonrojamos con la ganancia propia y nos ofenderíamos si nos impidieran traer a nuestra tierra el fruto del esfuerzo de nuestras empresas que invierten y producen en el exterior.

La picardía está a la orden del día. Un gobierno de saqueadores, plenamente consistente con una sociedad incoherente, cegada por sus rencores y odios, deseosa de plasmar sus revanchas y venganzas, repleta de envidia, que le impide entender que solo se crece genuinamente produciendo, generando confianza, con alianzas y no con represalias, robos y confrontación endémica.

Lamentablemente, en vez de dedicarnos a producir riquezas y combatir la pobreza con ingenio y perseverancia, hemos optado por el patético sendero de la apropiación, bajo la constante inspiración de una sagacidad indecente.


- Por Alberto Medina Méndez -





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