Por Alberto Medina Méndez

Prisioneros de sus sofismas

Algunos acontecimientos cotidianos obligan a reflexionar en este sentido. El desprecio por los sistemas de ideas, por el debate inteligente, por la discusión seria no llevan al hombre a tomar decisiones a la altura de su especie.

La razón es el signo distintivo de la humanidad, la capacidad del hombre para pensar, elegir, tomar decisiones como producto de sus análisis, sentimientos y creatividad.

Prisioneros de sus sofismas.

En la política, como en la vida misma, conviven aquellos que tienen convicciones y deciden defenderlas a capa y espada con los otros, esos que van construyendo sus creencias según para donde soplen los vientos, haciendo una apología del pragmatismo y fabricando una ideología a su medida para poder ser fundadores de algo.

Se pueden seguir principios apropiados o erróneos, disponer de paradigmas que puedan guiar hacia lo adecuado o simplemente ser empujados al disparate irremediablemente. Acertar o fallar, de eso se trata.

Pero en realidad eso tampoco importa demasiado. En todo caso lo que tiene algún valor es tener convicciones y luchar por ellas, sostenerlas con honestidad intelectual, permitirse mejorarlas y ajustarlas a cada paso.

Pero una extraña casta viene avanzando en las últimas décadas, bajo el paraguas de la desaparición de las ideologías. Ellos se sienten incómodos con esto de referenciarse en pensadores que descubrieron ideas y las desarrollaron. Prefieren creer en sus propias miradas, ser originales y creadores de una nueva corriente de pensamiento que permita que el próximo “ismo” lleve su apellido.

Tienen ideas aisladas y convierten esas visiones en matrices cerradas, en dogmas a respetar, en consignas que no merecen ser cuestionadas.

Como se trata de expresiones sueltas, que mezclan lemas nacionalistas, con pretendidas ideas de modernidad y un discurso pseudo intelectual que deslumbra a las masas, caen en permanentes contradicciones.

Pero lo patético de todo esto, es que su soberbia, el desprecio por la inteligencia ajena y una arrogancia, que se hace cada vez más evidente, los conduce por un sendero que no parece tener retorno.

Desandar sus propios caminos, los obligaría a reconocer errores, y asumir que aquello que defendieron con tanto ahínco no era lo correcto.

Su orgullo les impide dar marcha atrás. Han quedado atrapados en su propio discurso. Lo que han afirmado, lo han hecho de tal modo que serían incapaces de pedir ayuda, de tomar una idea ajena y hacerla propia, por temor a perder esa exclusividad en su impronta. Necesitan ajustarse a sus liturgias y seguir al pie de la letra su doctrina, más que resolver problemas.

Intentan engañar a muchos, pero en ese juego terminan también convenciéndose a sí mismos de que son brillantes, ingeniosos y audaces. No toman nota de que su esquema argumental es pobre, se apoya en pocas ideas y cualquier cuestionamiento los deja sin explicación.

Allí es cuando apelan a lugares comunes, slogans o simples frases hechas que se ocupan de denostar a su oponente, enrostrarle supuestos fracasos del pasado, ensuciarlos de modo personal para debilitar al que los critica.

No tienen argumentos suficientes para debatir, ni para sostener sus propias visiones, solo les queda el panfleto, la chicana, el atajo fácil y el discurso ambiguo y lineal.

Por eso, cuando se enfrentan con problemas importantes, no tienen soluciones. O bien la tienen a mano, pero como no las mencionaron sus partidarios sino otra gente, habitualmente catalogada como enemiga, antipatriótica, servil a los intereses foráneos, y cuanta estigmatización se pueda construir, pues entonces esas opciones deben ser descartadas automáticamente.

Han dicho muchas cosas, demasiadas tal vez. Son esclavos de sus palabras y se ven en el dilema de asumir que equivocaron sus discursos, y pedir disculpas, asumiendo que fallaron, o bien pedir ayuda a otros sectores para que les faciliten las recetas y los hombres para implementar otras variantes, habida cuenta de su imposibilidad de resolverlos.

Por eso fracasarán, porque la altanería y la petulancia, nunca llegan a buen puerto. Porque ningún individuo o grupos de personas, tiene la obligación de disponer de “todas” las respuestas, porque los seres humanos somos eso, humanos, imperfectos nos equivocamos y acertamos, y no tenemos razón siempre, sino solo algunas pocas veces.

La actitud engreída y vanidosa no puede ser buena consejera. Un poco de humildad no puede destruir a nadie que se considere grande, salvo que en el fondo un gran complejo de inferioridad explique lo que está pasando.

Cuando se construye con falacias, no se puede esperar otra cosa que un final poco feliz. Mas tarde o más temprano la historia se descubre y lo que era falso sale a la luz.

Un poco de modestia, un reconocimiento de ciertos errores, que ya son evidentes, podría encauzar las cosas hacia la sensatez, la convivencia y la armonía, para dejar atrás la confrontación y los tropiezos constantes. Por ahora eso no sucede, porque ellos prefieren seguir siendo prisioneros de sus sofismas.


- Alberto Medina Méndez -




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